La Cruz de Alcalican: Un Templo del Agua

Escrito por el mayo 14, 2019

Doña Cleotilde Soriano, “la Mayora Coti”, como le llaman en señal de respeto, se prepara para salir directo al Iztaccíhuatl. Acompañada de danzantes, familiares, amigos y creyentes, alistan los últimos preparativos antes de la travesía.

Los rayos del sol reflejan la sombra del Cenizo, un viejo camión de redilas que espera la llegada de sus pasajeros. Doña Coti, la Jefa de los tiemperos obsequia a cada asistente un cartón, antes de ascender por la escalera de madera desvencijada. El cartón servirá como tapete o respaldo según sea el caso.

Con todos arriba, el Cenizo pone en movimiento sus seis ruedas.

Cubiertos de ramas y hojas de pino, los asistentes avanzan durante una hora por un complejo camino de terracería, adentrándose al monte con el objetivo común de llegar a la Cueva de Alcalican, vestirla, ofrendarla y pedir un buen temporal de lluvias para la siembra.

Alcalican o La Casa del Agua -en náhuatl- es el sitio donde se encuentra una enorme cruz que, de acuerdo a los asistentes, cuenta con más de 200 años de existencia. Este espacio natural es uno de los templos rituales del agua desde la época prehispánica, donde año con año los participantes piden que la temporada de lluvias llegue y sea bondadosa con la tierra para la siembra.

El cinco de mayo es la fecha, dos días después de la celebración de La Santa Cruz, cerca de cincuenta personas entre danzantes, amigos, familiares, comadritas y compadritos encabezados por La Mayora Coti, se reúnen para subir al templo que resguarda la Cruz de Alcalican.

Entre árboles y el trinar de las aves, los asistentes se hacen partícipes del ritual previo antes del ascenso a la peña: toca  bautizar a quienes pisarán por primera vez el Santuario.  La Jefa Coti coloca una corona hecha de ramas a los primerizos, “como cuando suben a Sacromontito”, explica. Posterior a la colocación de la insignia natural, sahúman a los asistentes, “quienes quieran”,  dice la joven encargada de la encomienda. Es el momento de subir a la cueva que desde hace siglos es el centro de rituales a Tláloc, Señor del Agua.

Los pasos van acompañados con rezos y cantos; cohetes y sahumerio.

“Hemos venido venerando estas cruces desde mis bisabuelos, abuelos y mi madre. La hemos venerado para que no se acaben estas tradiciones”, añade Doña Silvia, hija de La Mayora. Destaca que el respeto a las cruces es esencial.

Con ofrendas, cohetes y cantos, los asistentes celebran el día de la Santa Cruz. Adentrándose a la cueva en las laderas del Iztaccíhuatl, los asistentes empiezan a adornar el Templo. Una tela blanca cubre los maderos de la cruz, para después colocar una ofrenda con ceras en el “huracán”, ubicado en una de las cavidades laterales de la cueva, como un tributo para evitar los fuertes vientos. Alrededor de la gran cruz, se encuentran otras de menor tamaño, las cuales también son ataviadas.

Ahora es el turno de colocar la ofrenda -llevada por los participantes- a los pies de la Cruz, lo mismo fruta que galletas o dulces cubren la base donde está asentada. En el piso de tierra, los que suben por primera vez colocan sus coronas formando un tapete.

La cueva de Alcalican o de los brujos, como también se le conoce, está dividida en tres partes: El huracán, el centro y la cocina.

El centro es el espacio donde las cruces son adoradas. Es un sitio de culto que exige mayor  respeto. Pocos metros más arriba se encuentra la cocina, ahí se prepara y calientan los alimentos que minutos después serán compartidos por todos.

Doña Silvia  y doña Coti obsequian el alimento: arroz y mole. Es una forma de agradecer el tiempo y disposición de los asistentes para acompañar a vestir a “mi crucecita”, dice cariñosamente La Jefa.

Termina el convite, es momento de que los asistentes desciendan, no sin antes despedirse del Templo y encomendarle que las lluvias sean buenas para la siembra, no granice ni se presenten las culebras de agua.

Inician nuevamente los cantos y los rezos acompañados del estruendo de los cohetes y el armonioso sonido del caracol prehispánico. Algunos empiezan a recoger parte de la ofrenda, la cual será compartida más abajo; la otra parte de la ofrenda queda para la Cruz.

El Templo del Agua de Alcalican, uno de los más importantes de la zona, empieza a quedarse vacío, sin la presencia de quienes subieron a cantarle y vestirla. La Mayora se retira, pero refrenda el compromiso de regresar el próximo año o cuando la cruz le llame.

Doña Coti pide que no destruyan la cruz, “ningún daño les hace mi crucecita”, señala. Y es que el Templo natural ha sido destruido en varias ocasiones, la última vez fue derribada de su base y destruida parte de su estructura. Sin embargo, la  Cruz avisó a La Mayora lo que había sucedido, recuerda Esmeralda, una mujer que año con año sube a venerar y pedir buen temporal.

Un día doña Coti estaba en su puesto, y ahí llegó una muchacha de piel blanca y con el cabello largo diciendo que algo había pasado con la Cruz y debían subir a verla. Doña Coti se sorprendió, nunca antes había visto a esa mujer. Así que decidió comentarles a sus familiares y amigos que cada año la acompañamos. Subimos y vimos la cruz destruida. Días después subimos material para restaurarla”.

Para Esmeralda, la joven mujer que avisó fue la Iztaccíhuatl.

Han transcurrido varios minutos desde que inicio “la bajada”. A lo lejos se ve a doña Silvia recargada en un tronco. Invita a los asistentes a tomar un descanso y esperar a que llegue parte de la ofrenda para compartirla con todos. Aprovecha la ocasión para relatar que ese lugar, donde están esperando le llaman “El descanso” o “El palo del baile. Cuenta, que ahí existía un árbol enorme, “el tronco era inmenso”, recuerda otro de los asistentes. De ahí el nombre del paraje, el cual sirve como punto de reunión para bailes, cantos y pláticas que marcan el fin de la visita anual al Templo.

“Una vez que has visitado la Cruz de Alcalican, te acompaña siempre. En sueños te llama”, asegura Esmeralda, una mujer que año con año acude al llamado de La Mayora Coti y de la Cruz que majestuosa se alza en la montaña, en el corazón de la mujer dormida.

 

Texto y fotografías: Yolotzin Hernández y Verónica Galicia

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