El pan de muerto: Una tradición que no muere

Escrito por el octubre 29, 2018

Por: Érick García Ramírez

La jornada comienza a las 5:00 am, entre el frío sereno de la madrugada, don Eloy y dos de sus familiares comienzan a prender ese viejo y antiquísimo horno de leña, el cual ha sido testigo de innumerables generaciones de panaderos. Cuando empieza a “agarrar” la lumbre, comienza con la preparación de la revoltura de ese pan, el cual es posible disfrutarse solamente en esta época, a finales de octubre y principios de noviembre.
Comienza con la harina, seguida del huevo, la manteca y la mantequilla, para comenzar a desprender ese peculiar olor agradable al olfato, disfrutado por las personas que habitan cerca del mencionado horno, la preparación culmina con un poco de levadura y los ingredientes que le dan el “sabor a muerto”: nata, jugo de naranja o canela, se eligen a gusto del comensal. Seleccionado y con la rigurosa preparación, continúa, ahora revolviendo aquella mezcla, que después de cierto tiempo se convierte en una masa sólida y manejable, acción que dará paso para elaborar y dar forma a lo que, finalmente, serán los panes de muerto.
Don Eloy sabe que antes debe tener listas y engrasadas las “latas”, que servirán de charolas para su horneado. Cuando el horno está en su punto son ingresadas las latas con no más de 7 u 8 panes encima, para que esponjen bonito -comenta Don Eloy-. Comienza el proceso de horneado.
Después de casi 20 minutos de una intensa revisión en el horneado, nuestro panadero voltea y acomoda, ayudado de una pala de madera que mide cerca de 2 metros, cada charola para que su cocción sea uniforme, acción que realiza máximo dos veces; después de este ritual, el pan es extraído del horno y acomodado en repisas para su enfriado, y posterior colocación en los cajones de pan, listos para la venta individual o pedido por “arroba”.
Una y otra vez siguen el mismo proceso hasta que dan las 8 de la noche, hora en que comienza la tarea de limpieza del horno, las mesas y las charolas, lo que marcará el preludio de una nueva jornada laboral tan necesaria en fechas especiales para los muertos y vivos.


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